domingo, 7 de febrero de 2010

Medio siglo del Hotel Valdivia



Hotel Valdivia: medio siglo del “Disneylandia del amor” en Chile

Fotografías realizadas para Notimex (Agencia de Noticias del Estado Mexicano).
Texto: Javier Aguirre Helfmann


Santiago, Diciembre 2009 (Notimex).- Cuando Coralia Quezada abrió las puertas de su “hotel galante” en 1959 en una vetusta casona estilo francés del centro de Santiago, nunca pensó que estaba dando vida a un mítico lugar que sería considerado la “Disneylandia del amor”.

A la vuelta de 50 años, poco queda de esa antigua casona y el que comenzó como un pequeño hotel de parejas de sólo siete habitaciones, ahora ocupa una superficie de seis mil metros cuadrados, con 48 suites temáticas inspiradas en diversos lugares del mundo.


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Entrar al Hotel Valdivia es sumergirse en un “mapamundi del amor”, donde lujosas y exóticas suites invitan a las fogosas parejas –oficiales, furtivas y/o clandestinas- a dejarse encantar por colores, aromas y sonidos provenientes de diversas partes del orbe.

Emplazado en el centro de Santiago, a media cuadra de una de las principales avenidas capitalinas, el hotel ofrece la magia de sus 48 habitaciones a los visitantes que desde hace 50 años se refugian en este palacio del placer para dar rienda suelta a sus pasiones.

“El Valdivia”, como la gente suele llamar a esta verdadera empresa familiar, se ha transformado en un ícono dentro de los hoteles de Chile e incluso ha pasado a formar parte de la “ruta patrimonial” de Santiago para algunas operadoras turísticas.

Lleno de historias y divertidas anécdotas, el lugar ha sido el preferido por generaciones de parejas chilenas y extranjeras para celebrar sus momentos más íntimos y románticos, como asegura uno de sus dueños, Abelardo Mella Quezada.



“Esto es un icono en Chile, incluso en el mundo... no hay ningún hotel que tenga un sauna dentro de la pieza”, afirma a Notimex el septuagenario arquitecto, que desde la década de los 70 tiene a cargo la decoración y ambientación de las suites del Valdivia.

Sin disimular su orgullo por la empresa que inició su madre Coralia, la matriarca de la familia Mella Quezada, Abelardo califica al hotel como la “Disneylandia del amor”, porque está hecho para que “la pareja salga de la rutina y disfrute con los cinco sentidos”.

“En las habitaciones, disfruta el olfato con los aromas de los jardines y los perfumes, el paladar con la cocina, los ojos con la buena decoración y ambientación, el oído con el sonido ambiente (acorde a cada ambientación) Eso relaja a la pareja”, explica.

Abelardo habla con cariño de su hotel y repasa con detalle los principales hitos de su historia, que se inició en 1959, cuando su madre decidió incursionar en el negocio de los “moteles” ante la falta de lugares de categoría en Santiago.

“Yo estaba en la universidad y ahí empezamos a hacer un trabajo sobre China, la arquitectura china, y allí abrí los ojos, porque uno iba a un hotel de parejas o del amor, y eran muy malos, entonces me pregunté qué puedo hacer para mejorar esto”, recuerda.




Su hermano Guillermo, a cargo de la administración del hotel, se apura entonces en subrayar que en esa época “eran puras mugres las que habían (como moteles), usted entraba en la pieza y había apenas una cama con sábanas que quizás habían ocupado durante dos meses”.

“Entonces dijimos ‘hagamos algo mas encachado (lindo)’ y ahí partió la idea de hacer algo original, limpio, bonito”, explica Guillermo, quien con humildad reconoce el mérito de su hermano, el “arquitecto loquito”, a la hora de concretar con talento y visión ese proyecto.

“Partimos con siete piezas, que todas fueran distintas. En esa época (inicios de los 60) no existía todavía la televisión en Chile, entonces poníamos una radio para generar ambiente, con música más clásica. Con el tiempo fuimos variando en cada pieza”, explica.

Pero esa pequeña empresa, con el tiempo, pasó a convertirse en uno de los hoteles de más renombre del país, con ambientaciones que van desde la hierática cultura egipcia, a la armonía árabe, la feracidad de Africa, el misterio de la India y la exuberancia del Amazonas.




“Las suites son una verdadera obra de arte. Entra las habitaciones que más gustan (a los visitantes) están el Palacio Moro, el Palacio Egipcio, la hindú, la polinésica, la nativa, todas las que tengan mucha vegetación dentro de la habitación”, comenta Abelardo.

La afirmación del arquitecto se respalda en los hechos, ya que un rápido recorrido por las habitaciones temáticas permite advertir que ningún rincón fue dejado al azar: abundan las antigüedades, obras de arte y otras piezas traídas de los cinco continentes.

Mientras recorre los sinuosos pasillos que llevan a cada suite, por los cuales el tránsito está estrictamente regulado para garantizar la privacidad de cada cliente, Abelardo asegura que en la decoración de cada pieza ha participado un equipo multidisciplinario.

“Consultamos a sicólogos, paisajistas, decoradores, pintores para dar vida al proyecto. Lo que nos aconsejaron los sicólogos era que había que darle el gusto a la mujer, que ella tuviera un tocador iluminado, que sea la reina”, enfatiza.

De esta forma, añade Abelardo, “la pareja puede disfrutar desayunando en Egipto, almorzando en Indonesia y en los patios escuchar el ruido del agua de las cascadas en el jardín, mirar las estrellas tomando un champagne”.




“Eso no lo tiene ningún hotel”, insiste el arquitecto, al defender la originalidad de la empresa que se ufana de haber contribuido a la felicidad sexual de varias generaciones, a lo largo de sus 50 años de existencia.

Asegura, incluso, que las agencias de turismo han empezado a hacer reservas para sus pasajeros, “de clientes que han pedido conocer el hotel, entonces incorporan en sus paquetes una noche en el Valdivia de Santiago de Chile. Ahora forma parte de una ruta patrimonial”.




Entre las anécdotas del hotel, figura la de aquella pareja sueca que se alojó durante tres semanas en el Hotel “y pedía que los fuéramos cambiando de piezas para conocerlas todas”, así como el interés que expresó el mismísimo Hugh Hefner en comprar la franquicia.

El dueño del “imperio” estadunidense Play Boy se interesó en adquirir la franquicia del Valdivia en 1972, tras conocer el hotel a través de la revista Time, que “hizo un reportaje de cuatro páginas porque ya era una cosa novedosa para el mundo entonces”.

“También nos quiso comprar el hotel hace 20 años un brasileño, insistió e insistió, pero no quisimos, (porque) es algo que tenemos marcado de familia, lo tenemos en el corazón, en la mente, aquí nos realizamos todos”, asevera Abelardo.

Y ese amor y orgullo por la empresa familiar, que comparte con su hermano Guillermo y su sobrino Abelardo, el arquitecto confía en dejarlo como herencia a sus sucesores, para “que sean tan felices como lo hemos sido nosotros”.

“Nos sentimos orgullosos del hotel. Es lo que les decimos a las camareras: ‘ustedes pertenecen a un hotel que se tienen que sentir orgullosas de pertenecer, no es como trabajar en un motel rasca (pobre), ustedes trabajan en el Valdivia”, concluye Abelardo.


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